X Cerrar

María Callas – Su vida – su arte

Compendio de la conferencia de Rut Lourdes Bellini del 11-05-1993, organizada por la Secretaría de Cultura de la Universidad Nacional de Rosario

 

En nuestro siglo, es antes y después de María Callas. Hablar de ella, sobre su verdad y su leyenda, es hablar de una mujer y artista, la más importante del mundo operístico de nuestro siglo, que precisamente revolucionó, o tal vez cabría decir provocó la renovación del apasionante mundo de la ópera con su arte y su punto de vista personal.

Nació en Nueva York, el 4 de Diciembre de 1923, hija de padres griegos, con el nombre de María Anna Cecilia Sophía Kalogeropoulos, que su padre cambió por el más fácil de pronunciar de Callas.

Fue su madre quien notó sus dotes para el canto cuando apenas era una niña y pronto se vio envuelta en las competencias y sesiones agotadoras a que son sometidos los niños prodigios. Dice ella en unas declaraciones o memorias de 1957: “no recuerdo haber tenido una muñeca o juego favorito, sino canciones que debía ensayar hasta quedar agotada. Los niños prodigios jamás tienen infancias genuinas. Regularmente entré en competencias de radio, para concursos o para becas, gracias a las cuales pude estudiar, ya que la posición económica de mis padres había dejado de ser buena.”

Cuando María contaba 13 años su madre regresó con ella a Grecia. “Allí, luego de pasar un examen brillante”, sigue diciendo María, “logré entrar al Conservatorio de Atenas, donde me confiaron a la maravillosa maestra que desempeñó un papel esencial en mi formación artística: Elvira de Hidalgo. Es a esta ilustre artista española, espléndida intérprete de Rosina y otros papeles muy importantes en la Scala, con un corazón agradecido, emocionado y devoto, a quien debo toda mi preparación y mi formación como actriz y música”. Además de darme sus enseñanzas, me brindó su corazón. Todas las mañanas a las 10 horas, daba yo mi lección y me quedaba a escuchar todas las otras lecciones hasta las 6 de la tarde. Si conozco un repertorio operístico tan vasto, lo debo quizá precisamente a ese hecho, a esa avidez de consejos e instrucción.

Por primera vez, con menos de 15 años encaré las candilejas con el garbo firme de la prima donna, en la Santuzza, de Cavalleria Rusticana, en Atenas en 1938. No conocí los inocentes placeres de la adolescencia, pues según mi madre “no debía perder el tiempo con tonterías”. Gracias a esa estrictez tengo una experiencia artística extensa, pero pagué por ello… Comencé a engordar… Luego vino la guerra, período tristísimo del cual prefiero no hablar. Grecia fue invadida por los alemanes, luego llegaron los italianos y las cosas mejoraron un poco. En una oportunidad fui requisada, junto con otros cantantes de ópera para dar conciertos y de acuerdo a nuestro pedido nos daban provisiones en vez de dinero. En esa época Madame de Hidalgo insistió para que aprendiera italiano. “Te será útil, “ me decía, “tarde o temprano irás a Italia. Sólo ahí podrás empezar tu verdadera carrera.” La escuché y procuré no dejar ver que estaba encantada. Italia y la Scala eran para mí como estar en Marte o la Luna”.

Hasta aquí sus memorias, en cuanto a sus comienzos. Ese corazón agradecido a su maestra lo conservó durante toda su vida.

Viajó a Nueva York donde le ofrecieron hacer Madame Butterfly en el Met, pero lo rechazó por considerar que no tenía físico para el rol por estar fuera de línea. En San Francisco el maestro Merola, al cual fue a ver, le aconsejó: “vaya a Italia, haga una carrera allí y luego venga a verme.” . A esto respondió María: “ gracias, pero cuando haya hecho una carrera en Italia, no tendré necesidad de usted”

La Gioconda, en la Arena di Verona, marca su debut en Italia, en 1947. Ya estaba más cerca de realizar su sueño, cantar en la Scala. Es allí en Verona, la ciudad de Romeo y Julieta, según Shakespeare, que conoce al industrial italiano Giovanni Battista Meneghini, quien, a juzgara por sus memorias y otros que han escrito sobre él, carecía de encanto, gusto e inteligencia. Sin embargo María Callas se casó con él y las cartas que le dirigió demuestran que se sentía genuinamente unida a él. Es algo, por lo menos, sorprendente. Quienes creyeron conocerla bien quedaron sujetos casi siempre a un rudo despertar. En el mejor de los casos, sus amigos y colegas llegaron a conocer ciertos aspectos de su personalidad.
En cuanto al famoso affaire Callas-Onasis, es una verdadera arena movediza para quien quisiera entender lo que realmente ocurrió, en cualquier nivel, en las tempestuosas relaciones que mantuvieron. María se embarcó en una dudosa aventura, que terminó en abandono por parte de Onasis, para casarse con la viuda de Kennedy, lo cual la hirió profundamente. El naviero griego, ansioso de lustre y demostración de poder, no tenía nivel para valorarla como mujer, ni como artista. Enorme contradicción, por lo menos, esa relación para quien como María Callas consideraba esencial la vida privada y dedicaba la mayor parte de su tiempo a crecer continuamente como artista.

Y aquí llegamos a su relación con los medios de comunicación, quienes con motivo o no, siempre o en la mayoría de los casos, se sintieron tentados a exagerar y a veces, dada su condición de celebridad a escala mundial, proyectaron titulares escandalosos, intencionalmente ponzoñosos algunos, distorsionando su imagen las mas de las veces, lo que le ocasionó un gran perjuicio. Ella luchó denodadamente, pero fuera de su ambiente, el artístico de la ópera, su reputación, gracias a los medios ansiosos de mercado, tenía dos fuentes: los cuentos de hadas y las novelas baratas.

El cuento de hadas, es el del Patito Feo, que pasó de una columna de chismes a otra, de un libro a otro, contando la versión de la muchacha gorda, fea y torpe, que luego se transforma, merced a una dieta milagrosa, en una criatura bella, delgada y elegante.
En cuanto a las novelas baratas, la prensa y la televisión dieron al público la imagen de una diva irritable, que devoraba a sus colegas, cancelaba presentaciones por capricho y hacía de sí misma una paria en los principales teatros líricos del mundo. Por supuesto que la verdad es otra. En el famoso caso de la ópera Norma representada en Roma en l957, con la presencia, entre otras personalidades, del entonces presidente de Italia, Giovanni Gronchi, Callas enfermó y su garganta se vio muy afectada. Advirtió de esto a las autoridades del teatro, pero le respondieron que no tenían sustituta. Debía salir a escena como pudiera. Así lo hizo ella con buena voluntad y sacrificio, pero apenas pudo terminar el primer acto. En esas condiciones extremas, se negó a continuar, pues era un suicidio vocal seguir cantando.

La administración del teatro actuó en forma irracional, revocando el contrato que tenía con la cantante, o sea castigándola por no haber podido cantar, negándole la oportunidad de seguir apareciendo una vez superada su indisposición.

Naturalmente a la prensa le encantó todo el alboroto que se suscitó y M. Callas ocupó los titulares de los diarios de todo el mundo como causante de escándalo y caprichoso divismo.

En realidad, generalmente las críticas, memorias y entrevistas de personalidades que la trataron, la describen como una colega amable y una trabajadora tenaz que le pedía a sus colegas tanta dedicación en los ensayos y las funciones como ella misma lo hacía. Su voluntad la llevaba a repetir incesantemente algunos pasajes y su indiferencia al cansancio era famosa. El periodismo no demostró el menor interés en informar sobre su grado de profesionalismo. No era noticia…

Pero de una manera u otra la prensa y la televisión hicieron de Callas una figura de leyenda, aunque por razones erróneas, y con esta actitud invitaron a que la gente olvidara que cuando el tema es María Callas, lo único importante es hablar de su arte.

Su arte… cualquier discusión sobre él debe comenzar con su voz, esa amplia voz de soprano dramática, exaltada por muchos y menospreciada por algunos.

De esta voz, inconfundiblemente personal, dijo Plácido Domingo: “no era bella en el sentido corriente… pero las voces más bellas no son necesariamente las más emocionantes. La suya era fascinante, en primer lugar por el timbre, pero también por la manera con que la usaba, dándole vida a cada nota”.

“En realidad, al pensar en María Callas, sólo tengo un pesar: el de haber tenido demasiado tarde la experiencia de cantar con ella”.

La voz de Callas invita a compararla con su aspecto. En ambos casos pueden señalarse ejemplos de gran belleza. No obstante, la relación de proporciones es inversa. Envejeció bien, pero su voz no. En su mejor momento esta voz tenía una opulencia que le permitió todo o casi todo. La naturaleza la dotó de una gran voz, pero la técnica que la embelleció fue producto de años de arduos estudios y trabajo. El reproche mas difundido a su canto concierne a la disparidad de los registros, a las tres voces de Callas. En realidad, ella hizo una virtud de sus distintos registros, especialmente de la voz de pecho, como no se había escuchado en años. De un papel a otro, de un aria a otra, pudo obrar maravillas con frases demasiado graves donde otras no podrían lograr expresión. Obtenía una coloración oscura como en la escena del suicidio de la Gioconda, con la que dejaba atónitos a sus oyentes. El esplendor de su técnica se hallaba en la cúspide. La extensión de su voz era enorme y a lo largo de ella era capaz de cualquier clase de modulaciones. Además poseía una agilidad vocal impresionante, que era lo más dramático e impactante de su técnica, a causa del volumen de su voz. Una voz que podía ser ronca y fuerte, como una sirena de barco para la niebla, hasta llegar a producir sonidos vinculados con flautas y píccolos, que son los instrumentos musicales más agudos.

El shock inicial que recibía el público en sus representaciones, era similar a las que provoca un bailarín de ballet: asombro porque semejante tamaño y fuerza estén combinada con la gracia y la agilidad. Y por último su legato. Gracias a la destreza técnica de éste, pudo unir frases que parecían olvidar la ley de gravedad, hiladas con la delicadeza de una mariposa, obteniendo un sentido de tenuidad increíble. Además, a todo esto María Callas proporcionó una inteligencia musical basada en el conocimiento, pues era una excelente pianista.

Primer ejemplo: VERDI – “I VESPRI SICILIANI” (acto V- bolero) “Merce, dilette amiche” (3’ 56”)

Poseía una personalidad musical de primera clase. Según Giulini, el gran director italiano, María sabía la partitura de “La Traviata” mejor que él. Leía música perfectamente a primera vista. En una oportunidad, ensayando con el eminente Director Erich Kleiber, en medio de un silencio expectante, el maestro pidió repetir un determinado pasaje. Una y dos veces se reiteró la situación. “Señora, dijo Kleiber, preste más atención ¡”.La mirada de Callas fulminó al director y con energía le replicó: “maestro, el equivocado es Ud. creo que debería estudiar mejor la partitura”. De inmediato, se creó un estado de desorden. Kleiber se retiró del foso orquestal. Callas, imperturbable, reclamó la necesidad de mostrarle la partitura al maestro. Con la premura del caso, funcionarios del teatro lograron provocar el encuentro. En un camarín se revisó el pasaje en cuestión. María demostró que ella cantaba la parte tal cual estaba escrita en el manuscrito del autor, en tanto que la orquesta se ajustaba a un cambio tradicional que facilitaba la ejecución. El maestro Kleiber, también exigente y puntilloso, reconoció la debilidad de su postura. Miró a Callas con nobleza y le besó la mano expresando: “señora ud. es una gran cantante, pero además es una autoridad musical. Le agradezco su enseñanza”.

Callas poseía también lo que Verdi reclamaba a sus cantantes: “parola scenica” o sea, dicción y modulación adecuadas a las partes habladas, con sentido y expresión.

2° ejemplo: DONIZETTI – “La fille du regiment” – acto II -“Convien partir”.

Inteligencia, talento, entrenamiento, conocimiento, en fin, todo lo necesario ella lo poseía. Sin embargo, su arte único reside en el modo en que aplicó esos recursos a la interpretación de las palabras y de la música, esa intuición genial que sólo unos pocos elegidos han podido ejercitar. Poseía ese algo especial, esa magia para la cual no existen términos adecuados. La expresividad, la intensidad, la vida de que dotó a las heroínas que interpretó, fueron únicas.

Además tenía presencia escénica, actuaba y transmitía con una capacidad pocas veces vista, estremeciendo al público con el poder de su arte dramático; a través de la historia del pensamiento y de la actividad humana, le ha ocurrido a menudo a los genios recordarle lo obvio a la gente. Tal fue el caso de Callas. Obligó a reconsiderar la verdadera índole de la ópera de teatro puesto en música, logrando una verdadera unidad de arte escénico y canto, sobre todo de bel canto, esa escuela de la voz que hace que esta se desarrolle como un instrumento. Verdi había dicho: “ritorniamo all’antico, e sará un progresso” (volvamos a las fuentes y progresaremos), y María Callas, intuitivamente, fue a la búsqueda del lenguaje perdido, del verdadero sentido del arte de la ópera, recreando con su interpretación esa verdad misteriosa, esa sonoridad psicológica, que es su principal atracción.

 

Tercer ejemplo: CILEA – “Adriana Lecouvreur” – Acto IV – “poveri fiori”
3’ 09”.

Su legado es multifacético: su talento y su posición de celebridad resucitaron la figura de la diva. Nunca, desde el siglo XIX, siglo de divas como la Malibrán, Giuditta Pasta, Pauline Viardot, adquirió una cantante de ópera tal renombre en nuestro siglo, penetrando en todos los niveles de la sociedad y la cultura. Con ello, elevó la posición de todos los cantantes.

Creó además un nuevo rango para la ópera en sí, sobre todo la ópera italiana. Resulta fácil olvidar ahora el desdén que ciertos árbitros y críticos del gusto musical sentían por Donizetti, Bellini y Rossini y hasta, o quizás especialmente por Verdi, en la era anterior a la Callas. Si bien es cierto que en Alemania había comenzado un renacimiento de Verdi en los años 30, sólo en los años 50, la cima de la carrera de Callas, se produjo una revalorización general de Verdi y de sus ilustres predecesores Rossini, Donizetti, Bellini, Spontini, Cherubini y muchos otros, al cantar y representar sus obras. Provocó una curiosidad seria sobre obras maravillosas de los siglos XVIII y XIX y ello llevó a ejecuciones en conciertos, grabaciones y representaciones. Ahora los directores de orquesta, los cantantes y los regisseurs están volviendo a luz, felizmente, obras no sólo de la Edad Dorada de la ópera italiana, el siglo XIX, sino de todos los períodos y de todas las escuelas nacionales europeas. Callas pavimentó el ánimo para tales exploraciones y todos los amantes de la ópera y de la música están en deuda con ella.

También promovió con sus actuaciones, como expresé anteriormente, que la verdadera índole indivisible de teatro y música, que es la esencia de la ópera surgiera en todo su esplendor y el número de genuinos cantantes actores parece crecer y una vez mas, eso se debe a ella. Algo surge ante el oyente cuando Callas canta, exigiendo un ciento por ciento de atención. La voz impone su propia presencia dramática. Multitud de admiradores lamentan no haber tenido la oportunidad de verla en escena. Zeffirelli también lamenta no haber filmado óperas con ella, por eso se preocupó de hacerlo a tiempo con Plácido Domingo.

Pero en el verdadero sentido, ese lamento es innecesario porque su arte en sus mejores momentos, expresa exactamente lo que debió ocurrir en el escenario. ¿Cómo lo hizo? He aquí el mayor de los enigmas de M.Callas. En una oportunidad, Katia Ricciarelli, famosa soprano que filmó con Plácido Domingo el “Otello” de Verdi, interpretando el papel de Desdémona, expresó: “las sopranos que sostienen no haber escuchado las grabaciones de la Callas, resultan increíbles. Todas las sopranos se levantan por la mañana, se sirven jugo de naranja y café y después se sientan a escuchar las grabaciones de María Callas y tratan de aprender de ella”

Ejemplo musical- ARRIGO BOITO- “MEFISTOFELE” – acto III –“L’altra notte in fondo al mare’ (7’ 23”).

A fin de que la renovación fuera más verdadera, Callas se atrevería a hacer lo que nadie había hecho. Adelgazar y convertirse en una atrayente mujer, elegante y de gran porte, de ademanes perfectamente controlados. Ella pensó y con razón, que para salvar a la ópera debía hacerla más verosímil a toda una generación que gracias al cine y a la televisión exigía una representación más coherente y cercana a la realidad contemporánea. Había aprendido a hacer cada uno de sus personajes vocalmente creíbles, ubicándolos en su correcto contexto musical, y quería que escénicamente fueran verosímiles.

¿Pero… podría durar indefinidamente la voz que alternaba el verismo con el bel canto, la declamación neoclásica con el expresionismo verdiano y el canto wagneriano? Ella no hizo lo que muchas otras ilustres predecesoras que la han sucedido, que tienen la deplorable costumbre de adaptar la música a sus posibilidades vocales. Callas sometió su voz a las exigencias musicales y fue Medea trágica y Violetta romántica, Amina etérea y Lady Macbeth oscura y perversa, Anna Bolena y Amelia, Elvira, Aida, Tosca, Butterfly y Turandot, Brunilda e Isolda, saltando los compartimentos estancos en que se dividían las voces femeninas. Este repertorio insólito y rico era un constante desafío por las diferencias vocales de estilo. No se reservó, se entregó con una gran vocación de servicio. No olvidemos que había comenzado a cantar en 1938 a los 15 años. Treinta años duró su voz, que no es poco después de semejante despliegue

En la última Medea que ofreció en la Scala de Milano, en 1962, en el momento de la famosa frase: “Ho dato tutto a te”, María se adelantó directamente al proscenio y cantó esa confesión con los ojos fijos en el público, y no en Jasón, el personaje. No hacen falta comentarios.

Ya en declinación su voz, solía dar muy de vez en cuando recitales acompañada de Giuseppe di Stefano, quien la había acompañado muchas veces en momentos de gloria. Su porte refinado, embellecido y su capacidad dramática estaban allí, pero la gran ausente era su voz, de la que sólo quedaban algunos fugaces esplendores. Vivió retirada en París, retiro voluntario del que emergió en 1971, para dar clases en la Juillard School de New York. Quiso volcar la gran tradición que aprendiera de Elvira de Hidalgo, Tullio Serafin y Víctor de Sábata, descifrando el secreto mundo de las partituras, revelando la sabiduría necesaria para leer entre líneas, elemento tan vital en la música y en todas las artes.

Aconsejaba: siempre debe haber una razón para un ornamento, si no, no lo haga (lo mismo que exigía Verdi). Es necesario dominar el fraseo, la dicción, los conocimientos, y el coraje será mayor, especialmente para decir no frente al aplauso fácil. (Refiriéndose a los cantantes que al querer lucirse, desfiguran la música y el sentido dramático con el que fue creada) Luchen contra la mala tradición, recuerden que somos servidores de aquellos mejores que nosotros: los compositores. Ellos creyeron, nosotros debemos creer. El único reconocimiento que pido es que canten apropiada y honestamente. Si así lo hacen me sentiré recompensada. Estas fueron sus palabras de despedida a los alumnos.

María Callas fue, en verdad, una sacerdotisa del arte, así lo vivía y esto se vislumbra en su preferencia por Norma, de entre todas las heroínas que representó. En sus propias palabras, de una entrevista dijo: “de todos los papeles que he representado, la mujer que más me atrae es Norma, de Bellini. Cuando se encuentra en una terrible crisis de amor, elige la muerte antes de herir al hombre que ama, aunque éste la haya traicionado”

Ejemplo musical: “NORMA” – Bellini – “Casta diva” (7’ 18”)

Ese sacrificio, esa pasión por llegar a la perfección, nunca concretada en su fuero íntimo, siempre de un profundo inconformismo, también ayudan a comprender las razones de su soledad y de su prematura muerte.

Abandonada en su vida afectiva, al advertir la pérdida de sus cualidades vocales, implacable en su autocrítica, quiso encontrar refugio en la aparente felicidad de una vida mundana. No fue así. Su dolor y zozobra la llevaron inexorablemente a su destino final, aquel triste 16 de Septiembre de 1977, en su departamento de Paris. Tenía 54 años. Su corazón cansado, había cesado de latir…

Pero gracias a la magia de la técnica, su arte nos sigue llegando.

Ejemplo musical: “La Sonnambula” – Bellini – “Care compagne” (Amina y Coro) – “Come per me sereno” – y luego la cabaletta “Sobre il sen la man mi posa” con coro. (8’).
______________________________________________________________________
La autora, en diversas Instituciones, expuso los siguientes temas:
• “Orígenes y actualidad de la ópera”
• “Maestros Italianos del barroco musical” (Scarlatti, Corelli, Vivaldi)
• “Verdi – Vida y obra”
• “Recordando a María Callas”
• “La aventura de la arqueología”
• “Van Gogh”
• “Rossini – El cisne de Pesaro”
• “Vincenzo Bellini – Romántico genio del belcanto (con la colaboración de material cedido gentilmente por los teatros “Alla Scala” de Milano y “Massimo V. Bellini” de Catania)

Rut Lourdes Bellini
Mendoza 746 – 1º “A”
2000 – ROSARIO.-
A R G E N T I N A.-

TEL. (0341) 4403402 – ayache@express.com.ar

 

 

Otros escritos:





















.........................